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David Bowie, diez años después: el arte de reinventarse hasta el final

Buenos Aires, 10 enero (NA) – A diez años de su muerte, David Bowie se mantiene como una figura esquiva a cualquier definición cerrada. Ícono del rock, artista conceptual, actor, performer y pensador del pop, su carrera fue una sucesión incesante de transformaciones que desbordaron géneros, estilos y épocas. Bowie supo moverse como pocos en esa frontera ambigua entre la vanguardia y el éxito masivo: llevó ideas nacidas en el underground al centro de la cultura popular sin perder densidad artística ni ambición estética.

Desde sus primeros pasos en el Londres de los años sesenta, Bowie mostró una voluntad clara de trascender. Antes de encontrar su voz definitiva, probó con el blues británico, el mod rock y el pop barroco, siempre con la mira puesta en el Top 40. El punto de inflexión llegó en 1969 con Space Oddity, una canción atravesada por la carrera espacial y la ansiedad tecnológica de la época, que lo convirtió en una figura reconocible en el Reino Unido y, algunos años después, en Estados Unidos. Pero Bowie no se conformó con ese lugar: apenas alcanzó el éxito, decidió mutar.

La creación de Ziggy Stardust, el alien andrógino que descendió a la Tierra para convertirse en estrella de rock, marcó uno de los momentos fundacionales de la cultura pop moderna. Con The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars (1972), Bowie no solo consolidó su fama, sino que propuso una nueva relación entre música, identidad y puesta en escena. El rock podía ser ficción, performance y ambigüedad sexual en un mismo gesto. Ziggy fue un fenómeno en el Reino Unido y un éxito de culto en Estados Unidos, abriendo un camino que Bowie se encargó de dinamitar rápidamente para volver a empezar.

Durante los años setenta, su producción fue tan intensa como diversa: del glam al soul blanco de Young Americans, de la oscuridad elegante de Station to Station al experimentalismo de la trilogía de Berlín junto a Brian Eno (Low, Heroes y Lodger). En ese período, Bowie se convirtió también en un catalizador creativo para otros artistas, produciendo discos clave de Lou Reed e Iggy Pop y absorbiendo influencias de la electrónica alemana y el arte contemporáneo. Berlín fue, además, un refugio físico y simbólico: allí se alejó del exceso y reconfiguró su lenguaje artístico.

Los años ochenta lo encontraron convertido en una superestrella global. Let’s Dance (1983), producido por Nile Rodgers, lo llevó al corazón de la cultura MTV con una elegancia calculada que le garantizó su mayor éxito comercial. Sin embargo, esa consagración también abrió una etapa irregular, marcada por decisiones erráticas y una relación tensa con su propio pasado. Lejos de acomodarse, Bowie volvió a arriesgar en los noventa, explorando el rock industrial, la electrónica y el arte digital, muchas veces a contramano de las expectativas del mercado.

Ya en el siglo XXI, su figura se volvió más esquiva. Tras un problema de salud en 2004, se retiró casi por completo de la vida pública. El regreso inesperado llegó en 2013 con The Next Day, un disco que dialogaba con su historia sin caer en la nostalgia. Pero el gesto definitivo fue Blackstar, publicado el 8 de enero de 2016, el día de su cumpleaños. Concebido como una obra de despedida, el álbum transformó la enfermedad y la muerte en materia artística, en un acto final de lucidez y control creativo.

Dos días después de su lanzamiento, David Bowie murió. Diez años más tarde, su legado sigue expandiéndose no solo en reediciones, archivos y homenajes, sino en la persistencia de su idea central: el arte como transformación constante. Bowie no dejó una imagen fija para venerar, sino un método. En tiempos de identidades rígidas y fórmulas repetidas, su obra continúa recordando que cambiar, incluso hasta el final, puede ser la forma más profunda de fidelidad a uno mismo. #AgenciaNA