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“Sobreviviendo”: el informe del PRO que empezó a mostrar la grieta entre la macro de Milei y la vida real

Buenos Aires, 12 mayo (NA) — Hay algo profundamente argentino en esta etapa política. La economía aparece en televisión maquillada de superávit, reservas y equilibrio fiscal mientras, del otro lado de la pantalla, millones de personas vuelven a mirar la cuenta bancaria como quien controla el oxígeno de un paciente en terapia intensiva.

En el medio de esa tensión apareció un documento incómodo, muy incómodo. No salió de La Cámpora, no lo escribió Axel Kicillof ni lo difundió la CGT. Lo publicó la Fundación Pensar, el think tank del PRO. Y ya desde el título parece más una advertencia que un informe económico: “Sobreviviendo”.

No “creciendo”. No “despegando”. No “recuperándose”. Sobreviviendo. Una palabra que en Argentina no describe solamente una situación económica. Describe un clima espiritual. El cansancio de una sociedad que siente que salió del incendio hiperinflacionario del final del gobierno de Fernandez -Massa-Kirchner pero todavía no llegó a ningún lugar parecido al bienestar prometido.

Y el contexto en el que aparece el informe no es menor. Mauricio Macri empezó a endurecer el tono contra el Gobierno, el PRO busca recuperar identidad propia después de meses de alineamiento automático con Milei y varios dirigentes amarillos ya entendieron que quedar pegados ciegamente a cualquier deterioro social del oficialismo puede convertirse en un suicidio político. Ahí el documento deja de ser solamente económico y pasa a ser una pieza política de alto voltaje. Porque lo que parece empezar a decir el PRO es algo así: el rumbo general puede ser correcto, pero el mileísmo puro corre el riesgo de quedarse sin sociedad antes que sin dólares.

El informe reconoce algo que sería absurdo negar. Los números macro mejoraron. Hay superávit fiscal, superávit comercial, desaceleración inflacionaria y acumulación de reservas. El Gobierno muestra un superávit primario de 0,5% del PBI, uno financiero de 0,2%, exportaciones creciendo al 30% y más de USD 7.000 millones acumulados por el Banco Central. Todo eso existe. El problema es que la vida cotidiana no se mueve con la lógica de una planilla contable, sino con la lógica brutal de la heladera, las tarifas y la tarjeta de crédito.

Y ahí es donde el informe pega fuerte. Porque mientras la macro ordena variables, la sociedad empieza a mostrar señales de agotamiento. Según Pensar, el ingreso disponible de los hogares cayó 5,4% respecto de fines de 2023. O sea: después de pagar luz, gas, expensas, alquileres y servicios, queda menos plata libre que antes. Mucho menos. Los gastos fijos pasaron de representar alrededor del 16% del ingreso familiar a casi el 24%. Traducido al idioma de cualquier familia argentina: aunque la inflación desacelere, la sensación de asfixia sigue ahí porque cada vez cuesta más sostener la vida cotidiana.

Y entonces aparece uno de los puntos más interesantes del informe: el consumo efectivamente crece, pero no el consumo que siente la mayoría. Porque mientras el Gobierno celebra récords de consumo privado, los datos muestran otra cosa abajo del escenario. Crecen los autos, las motos, el turismo emisivo, los electrodomésticos financiados y las escrituras inmobiliarias, mientras siguen golpeados supermercados, indumentaria, mayoristas y consumo masivo. Es decir: hay argentinos viajando a Miami mientras otros financian el queso cremoso en tres cuotas. Hay una Argentina comprando importado y otra dejando de pagar la prepaga.

Ese es el verdadero mapa social de la Argentina 2026. Un país fracturado. Una economía donde algunos todavía logran surfear el nuevo modelo y otros directamente empezaron a amputar partes enteras de su vida para llegar a fin de mes. El informe dice que el 68% resignó actividades o consumos habituales y que el 59% dejó de pagar o se atrasó en algún gasto. Y eso explica también el crecimiento brutal de la deuda familiar y de la morosidad en tarjetas y préstamos personales. Porque muchas veces el consumo no está creciendo por mejora genuina del ingreso sino por financiamiento, cuotas y endeudamiento.

El empleo tampoco trae tranquilidad. El Gobierno puede mostrar creación neta de puestos de trabajo, pero cuando se abre el número aparece la trampa: se perdieron 266.000 empleos registrados mientras crecieron los trabajos informales y no asalariados. La industria sola perdió 73.000 puestos. Y eso empieza a filtrarse en el humor social. Ya hay más gente con miedo de perder el empleo que gente sin miedo. Y un 64% considera más importante evitar despidos que bajar la inflación. Ese dato es peligrosísimo para cualquier gobierno que construyó poder político prometiendo estabilidad futura a cambio de sacrificio presente.

Porque ahí está el núcleo del problema de Milei. Su capital político nació de una promesa simple: “hay que sufrir ahora para vivir mejor después”. El problema empieza cuando el “después” se vuelve borroso y la sociedad empieza a sentir que el sacrificio se transforma en estado permanente. Y el informe de Pensar registra exactamente ese momento psicológico.

La encuesta de Casa Tres incluida en el documento muestra que el 64% tiene sentimientos negativos sobre el futuro y que apenas el 12% cree que el Gobierno está resolviendo los problemas económicos. Más todavía: por primera vez empieza a crecer fuerte la cantidad de personas que ya no atribuyen el deterioro solamente a la herencia recibida sino también a las políticas actuales. Ese número debería preocupar mucho más al oficialismo que cualquier editorial opositor o cualquier marcha sindical.

Porque los gobiernos en Argentina rara vez empiezan a complicarse cuando la macro explota. Muchas veces empiezan a complicarse cuando las estadísticas dicen una cosa y la vida cotidiana empieza a decir otra. Cuando el ciudadano escucha hablar de recuperación mientras siente que cada mes vive un poco más ajustado, un poco más cansado y un poco más frágil.

Y quizá por eso el dato más importante de “Sobreviviendo” no sean los porcentajes sino quién decidió publicarlos. Porque cuando el propio ecosistema político e intelectual que acompañó el cambio económico empieza a admitir públicamente que buena parte de la sociedad no está viviendo sino sobreviviendo, significa que algo empezó a moverse debajo del escenario. Y en Argentina, cuando el subsuelo social se mueve, la política suele enterarse demasiado tarde.

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