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Llanto inconsolable, irritabilidad y malestar en los bebés: podría ser un trastorno del eje intestino-cerebro

Buenos Aires, 28 mayo (NA) — Desde el nacimiento hasta los 6-9 meses de edad, incluso hasta el año de vida, muchos niños podrían desarrollar un trastorno digestivo funcional, concepto ahora conocido como trastorno del eje intestino-cerebro (TECI), que reconoce la relación bidireccional entre el sistema nervioso y el tubo digestivo.

Los expertos coinciden en que la regurgitación, los cólicos y el estreñimiento serían los más frecuentes y estos trastornos (TECI) se caracterizan por síntomas atribuibles al tracto gastrointestinal que no son explicados por causas anatómicas, anormalidades estructurales ni bioquímicas, según un informe al que accedió la Agencia Noticias Argentinas.

Durante el primer año de vida, pueden generar mucho malestar en el lactante y preocupación en sus padres y cuidadores. En esta etapa de la vida, el organismo del bebé está en pleno proceso de maduración: la motilidad intestinal, la microbiota, la respuesta inmune y la sensibilidad al dolor aún se encuentran en desarrollo y crecimiento.

Por ello, el impacto de estos trastornos trasciende lo meramente gastrointestinal y puede repercutir en la dinámica familiar, el sueño y la calidad de vida y el vínculo se ve afectado. En la presencia de los TECI intervienen sobre todo alteraciones de la microbiota y del movimiento del tubo digestivo, aunque también los factores genéticos, culturales, ambientales y psicosociales del núcleo de crianza (familia y entorno directo); resultan de importancia incluso las experiencias previas como internaciones o intervenciones del bebé.

De hecho, estudios recientes muestran que los lactantes con cólicos, por ejemplo, independientemente del tipo de alimentación que reciban, presentan una microbiota menos estable y diversa, condición denominada ‘disbiosis’.

Actualmente, estos trastornos se explican a partir de una interacción compleja entre el sistema nervioso central, sistema nervioso entérico, la microbiota intestinal y el tracto gastrointestinal, fenómeno conocido como eje intestino-cerebro, en el que se producen intercambios de sustancias y mensajes que dan lugar a diferentes reacciones y cambios, sobre todo en la microbiota intestinal, que afectan a las defensas, al metabolismo y al desarrollo neuromadurativo del bebé.

De esta forma, se sabe que los factores psicosociales en la vida de un individuo influyen en su funcionamiento gastrointestinal, lo que en algunos casos puede condicionar la presentación de estos trastornos digestivos desde los primeros meses de vida, inclusive hasta la adultez.

QUÉ DICEN LOS ESPECIALISTAS

“Los trastornos del eje intestino-cerebro generan malestar en el bebé y angustia en la familia y cuidadores, que se preocupan y no entienden lo que sucede, por ello se convierte en uno de los principales motivos de consulta en pediatría”, señaló la Dra. Karina Leta, médica pediatra, especialista en gastroenterología infantil del Hospital de Clínicas ‘José de San Martín’.

Además, agregó: “Se genera un círculo entre la angustia, la inseguridad, la preocupación de los padres y el llanto del bebé, que no responde a una causa aparente, que impacta en la vida familiar, los vínculos y en el que interviene en los modelos de crianza, lo que termina generando aún más estrés y empeora este círculo, que parecería sin salida. Por ello, resulta tan fundamental la contención y escucha de los padres y cuidadores, como el examen físico y la historia clínica completa del paciente”.

A QUÉ PRESTAR ATENCIÓN

Es frecuente la influencia de terceros -familiares, amigos o redes sociales- que, con la intención de ayudar, pueden aumentar la confusión y la inseguridad de los padres y madres, por lo cual es pertinente hablar con el pediatra o con el gastroenterólogo pediatra para ver qué puede hacerse al respecto.

Así lo afirmó el Dr. Lucio González, médico especialista en pediatría y gastroenterología infantil, Jefe de Docencia e Investigación del Hospital de Niños de San Justo, al referir que, “ante episodios reiterados de cólicos del lactante, con llanto intenso y prolongado, regurgitaciones frecuentes en bebés por lo demás sanos, esfuerzo y llanto antes de evacuar o disminución de la frecuencia evacuatoria asociada a heces duras o dolorosas, resulta pertinente realizar una consulta para confirmar el diagnóstico, descartar signos de alarma y orientar a la familia”.

“Muchos de estos cuadros forman parte del proceso madurativo gastrointestinal y suelen resolverse espontáneamente, aunque la evaluación profesional permite diferentes situaciones funcionales de aquellas que requieren estudios o tratamiento específico”, añadió el especialista.

La detección por parte del personal de salud de banderas rojas como sangrados, fiebre y pérdida de peso generan una alerta que modifica el diagnóstico y orienta a otro tipo de estudios. Los especialistas coinciden en que el abordaje debe centrarse en la contención familiar, la explicación y comprensión de lo que está sucediendo.

Esto permite reducir su ansiedad, reforzando además el vínculo de empatía y confianza y evitar medicalizar si no es necesario, mientras que también son pilares fundamentales la promoción de la lactancia materna y la corrección de prácticas de alimentación.

En este sentido, la nutrición cumple un rol clave, ya que influye en la microbiota intestinal, el desarrollo del sistema inmunológico y la maduración del mencionado eje cerebro-intestino.

En aquellos casos en que el profesional de la salud lo considere pertinente o la lactancia exclusiva no sea posible, existen leches medicamentosas específicamente diseñadas para este tipo de trastornos, que han demostrado elevadísima eficacia en la reducción de los episodios.

Un estudio argentino, de evidencia en mundo real, demostró que, a partir de la administración de una leche medicamentosa específica, se redujo el llanto diario de 50% a 6%, la dificultad para evacuar (que afectaba a la mitad de los bebés) se redujo del 28% al 1% y el discomfort por gases bajó del 73% al 7%, mejorando así la calidad de vida del lactante y de sus cuidadores.

La cobertura al 100% de estas leches medicamentosas está garantizada por la ley nacional 27.305 (que este año cumple 10 años desde su sanción en 2016), conforme a la cantidad que requiere el niño, por el tiempo que determine el profesional tratante, en tanto exista una prescripción médica.

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