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¿LinkedIn es el nuevo Tinder? Por qué el currículum se volvió el nuevo objeto de deseo

Buenos Aires, 25 de Agosto (NA) — Hasta hace poco, el amor en la oficina era casi un lugar común. Las parejas se conocían en la fotocopiadora, en la sobremesa del almuerzo, en un viaje de trabajo, etcétera. El deseo encontraba su territorio en la proximidad física, en el atractivo del descubrimiento cotidiano del otro, en compartir un espacio ocho o mas horas por día.

La pandemia rompió esa geografía. Y con ella, algo del mapa amoroso también mutó. En el mundo post Covid: el trabajo se volvió virtual, pero el deseo no desapareció, solo cambió de soporte. Empezamos a amar —y a intentar amar— a través de pantallas.

Ahí aparecieron las apps de citas como promesa: todo el amor del mundo, disponible (¿disponible?) al alcance de la mano o del celular. Pero la promesa se gastó.

Hoy hay una fatiga instalada, un cansancio de deslizar perfiles que prometen y no cumplen, de biografías escritas para vender una versión que después no se sostiene en la primera cita. Hoy en las apps de citas hay más desencuentro que encuentro y más desilusión que ilusión. La mayoría de la gente piensa que “no es por ahí”.

Y, en medio de ese agotamiento, algo empezó a pasar en el lugar menos esperado: LinkedIn. Una plataforma pensada para el currículum, para el contacto laboral, se volvió también un territorio de conquista.

Según el informe de Zety, el 22% de los trabajadores encuestados admite haber usado la red para acercarse a alguien con intención romántica, y un 12%, de personas encuestas dice que formó una relación de pareja que arrancó ahí.

¿Por qué LinkedIn y no otra red? Porque ofrece algo que las apps de citas perdieron: verificación. El perfil permite conocer dónde trabaja alguien, qué estudió, qué contactos comparte.

Casi la mitad de los encuestados, es decir el 48%, confía más en la información de un perfil de LinkedIn que en la de una app de citas. Ahí está la clave: en LinkedIn la gente miente menos. No porque sea más honesta por naturaleza, sino porque el currículum tiene testigos.

“Le escribí a un contacto porque vi que había estudiado Letras, como yo. En Tinder ni loca lo hubiera detectado, ahí todos ponen ‘me gusta viajar y el asado’. En LinkedIn el tipo tenía diez años de laburo muy interesante para mí. Me daba más ganas de conocerlo que cualquier bio con emojis”, cuenta Sofía, 29 años, community manager.

“Es medio vergonzoso admitirlo, pero antes de la primera cita googleo el nombre y si tiene LinkedIn lo reviso más que el Instagram. Ahí no se puede mentir tanto: o laburaste en tal lado o no laburaste”, resume Nicolás, 34 años, contador.

No es casual, entonces, que algunos medios ya la nombren sin vueltas: LinkedIn se convirtió en la “garantía” del mundo de las citas, la verificación que las apps nunca supieron dar.

EL MISMO GESTO, DISTINTAS REACCIONES

Pero no todos lo viven igual. Frente a un mensaje con intención romántica en LinkedIn, un tercio de las personas (34%) siente incomodidad. Uno de cada cinco (19%) directamente lo reporta o bloquea, porque lo vive como un acoso en un espacio que debería estar a salvo de eso. Otro tercio (31%) queda en un punto neutro: depende de la situación, de quién lo escribe. Y hay un 16% que se siente halagado.

Esta dispersión no es un dato menor: muestra que todavía no hay un código compartido. La empresa, de hecho, marca su límite con claridad. LinkedIn no promueve su plataforma como espacio de citas y prohíbe los avances no deseados. Un vocero fue tajante: “Nuestro objetivo es asegurarnos de que las personas estén protegidas frente a avances románticos no deseados”.

Es la tensión de toda práctica nueva: la norma institucional todavía no alcanzó a la conducta real de los usuarios. Y en el medio quedan las personas, cada una decidiendo con su propio termómetro si lo que llegó a su bandeja de entrada es una propuesta o una invasión.

YA NO HAY “YO” PROFESIONAL Y “YO” PERSONAL

Durante mucho tiempo sostuvimos la ficción de que existía un yo profesional y un yo personal, dos personajes que se turnaban según el escenario: uno para la reunión de directorio, otro para el asado del domingo. Ese guion ya no funciona.

“Antes tenía dos perfiles mentales: el que va a la reunión y el que sale un viernes. Hoy ya ni hago el esfuerzo de separarlos. Publico lo mismo, pienso lo mismo, soy la misma persona en el Zoom que en la previa”, dice Martín, 31 años, jefe de RRHH.

“Me parece un delirio que se sorprendan de que la gente coquetee en LinkedIn. Es una red social como cualquier otra, tiene fotos, tiene mensajes, tiene un feed. ¿Por qué ahí no y en Instagram sí?”, va todavía más directo Camila, 26 años, diseñadora UX.

Tiene razón en algo esencial: seguimos tratando a LinkedIn como si fuera una excepción, un templo aparte del resto de las redes. Pero la arquitectura es la misma: perfil, foto, biografía, muro, mensajes privados. Lo único que cambiaba era el contrato tácito de qué se podía decir ahí adentro. Y ese contrato, como todos los contratos tácitos, se está reescribiendo con el uso cotidiano y los cambias de los usuarios de la red.

LINKEDIN, EL NUEVO INSTAGRAM DEL AMOR

Nada de esto es nuevo, en el fondo. Facebook tampoco fue creado para enamorar, e igual ahí se conocieron miles de parejas. Instagram menos todavía, y sin embargo hoy es terreno fértil para el deseo. El amor tiene esa costumbre incómoda: coloniza cualquier espacio donde haya un otro visible, aunque ese espacio haya sido diseñado con otro fin. No se lo puede contener por reglamento.

“Un día posteé sobre un logro laboral y me llegó un mensaje de un pibe felicitándome, después me invitó a un café. Yo pensé que era networking hasta que me di cuenta de que hacía diez minutos que estábamos hablando de todo menos de laburo”, cuenta Valentina, 31 años, abogada.

“Lo mío con mi novia arrancó comentando sus posteos de logros profesionales, como quien le da like a una foto en la playa. Un día le mandé un mensaje privado y no paramos de hablar. Ahora cuando contamos cómo nos conocimos, la gente se ríe, pero para nosotros fue igual de válido que Tinder”, relata Franco, 33 años, desarrollador.

Lo que estos relatos muestran no es una curiosidad, es un síntoma. LinkedIn se está volviendo, de a poco, un Instagram con corbata: se publica, se stalkea, se reacciona, se genera vínculo. Y esto no es ni bueno ni malo, es simplemente lo que está pasando. La red se transformó porque nosotros nos transformamos primero.

Quizás siempre fuimos el mismo sujeto en la oficina y en la cama, en la reunión de directorio y en la primera cita. Y recién ahora, entre currículums que se leen como cartas de amor, las plataformas nos obligan a admitirlo.

Agencia NA