Buenos Aires, 21 septiembre (NA) — Cada 21 de septiembre, el Día Mundial del Alzheimer invita a poner en agenda una enfermedad que afecta no solamente la memoria, sino también la autonomía, la comunicación, las relaciones y la vida cotidiana de millones de personas.
Según el Plan Nacional de Alzheimer y Trastornos Relacionados del Ministerio de Salud de la Nación, en Argentina se estima que más de 500 mil personas viven con Alzheimer, la forma más frecuente de demencia, que representa entre el 60% y 70% del total de los diagnósticos.
Uno de los conceptos que cobró especial relevancia en las últimas décadas es el de reserva cognitiva: la capacidad de una persona para adaptarse y compensar, en mayor o menor medida, los cambios cerebrales producidos por el envejecimiento normal o por enfermedades neurodegenerativas.
No se trata de una característica fija, sino de algo que se construye a lo largo de la vida a partir de múltiples experiencias -la educación, la actividad laboral, el aprendizaje, la actividad física, los intereses personales y la vida social-. Este concepto ayuda a explicar por qué dos personas con cambios cerebrales similares pueden presentar manifestaciones clínicas muy distintas.
LA RESERVA COGNITIVA NO SE TERMINA CON LA LLEGADA DE UN DIAGNÓSTICO
Hablar de reserva cognitiva no significa afirmar que una persona pueda evitar el Alzheimer mediante ejercicios cognitivos, ni que la estimulación pueda curar una enfermedad neurodegenerativa. No impide su desarrollo, pero puede retrasar la aparición de los síntomas y favorecer mecanismos de compensación frente al daño cerebral.
Esta perspectiva permite cambiar la pregunta: en lugar de preguntarse únicamente ¿cuánto perdió?, se puede preguntar ¿qué capacidades conserva y cómo se puede seguir utilizándolas?
“Todos poseemos la capacidad de generar reserva cognitiva, solo se trata de entrenarla; el cerebro tiende a resolver las tareas cognitivas por sus caminos habituales, así que generar desafíos nuevos promueve la necesidad de recorrer otras conexiones neuronales”, explicó la doctora Wanda Rubinstein, investigadora adjunta del CONICET-UBA .
Rubinstein, quien es coordinadora del Centro de Investigaciones en Neurociencias y Neuropsicología de la Universidad de Palermo, agregó: “Hay que recordar algo esperanzador: hasta los 90 años existe la posibilidad de generar neuronas nuevas”.
ESTIMULAR TAMBIÉN ES SOSTENER UN PROPÓSITO
Lo mencionado adquiere particular importancia cuando la persona ya vive con un diagnóstico de deterioro cognitivo. Estimular no significa exigirle que realice actividades que ya no puede resolver, ni intentar que vuelva a desempeñar tareas como antes, significa ofrecer oportunidades adecuadas para participar, decidir, comunicarse, vincularse y disfrutar.
La licenciada Mara Maslavski, Coordinadora Gerontológica de Residencia Manantial, institución especializada en el cuidado de personas con Alzheimer dijo: “Una actividad no debería medirse únicamente por si ‘ejercita la memoria’”.
“Una conversación sobre un tema de interés, escuchar música significativa, participar de un intercambio sencillo, pintar, caminar, elegir la ropa que quiere usar o colaborar en una tarea cotidiana también son experiencias de participación y estimulación. El objetivo no es llenar el día de ejercicios. El objetivo es que el día tenga sentido para esa persona”, añadió la experta.
Esto implica que la estimulación no quede limitada a un taller o a un horario determinado. Puede aparecer al elegir qué ponerse, participar de una tarea cotidiana, desplazarse por sus propios medios, conversar, escuchar música o decidir cómo quiere transitar su día.
Desde esta perspectiva, propone pensar el cuidado como un proceso que empieza mucho antes de la aparición de una demencia y que sigue adaptándose después del diagnóstico: primero desde la prevención y la promoción de un envejecimiento activo, y luego -cuando el deterioro cognitivo ya está presente- desde el acompañamiento, la compensación y la adaptación constante, siempre.
Agencia NA






