Buenos Aires, 27 mayo (NA) — A las puertas de un nuevo choque en el Mundial 2026, el archivo evoca el único y curioso antecedente entre la Selección argentina y su par de Austria. En la edición de Suecia 1958, la “Albiceleste” debió apelar a la solidaridad de un club local para saltar a la cancha con un uniforme color amarillo.
El Mundial de la FIFA 2026 volvió a cruzar los destinos de las selecciones de Argentina y Austria. El partido que se disputará en suelo estadounidense romperá una paridad que lleva 68 años intacta en el historial. Para encontrar el único registro oficial entre ambos seleccionados hay que retroceder casi siete décadas, hasta el Mundial de Suecia 1958, una cita maldita para el fútbol argentino que pasó a la posteridad bajo el nombre del “Desastre de Suecia”, pero que guardó una de las mayores curiosidades de la indumentaria nacional.
La Argentina había arribado a tierras nórdicas con expectativas desmedidas tras la consagración en el Sudamericano de 1957 con los míticos “Caras Sucias”. Sin embargo, el aislamiento competitivo de 24 años —producto de ausencias institucionales, boicots y los coletazos de la Segunda Guerra Mundial— dejó al descubierto una alarmante desactualización táctica frente a las potencias europeas. El debut ante Alemania Federal fue un duro golpe de realidad (derrota 3-1). El segundo encuentro, programado para el miércoles 11 de junio de 1958, frente a la poderosa Austria (tercera en el Mundial de 1954), se presentaba como una final a todo o nada en el Estadio Ryavallen de la ciudad de Borås.
EL DÍA DEL “ENIGMA AMARILLO” EN BORÅS
Minutos antes de saltar al campo de juego, el árbitro alemán Joachim Gulde detectó un problema técnico insalvable para la época. Los uniformes oficiales de Argentina (celeste y blanco) y Austria (blanco con vivos negros) se prestaban a la confusión visual frente a las cámaras de la incipiente transmisión televisiva, que por entonces emitía imágenes estrictamente en blanco y negro. La FIFA exigió un cambio de vestuario, pero la delegación argentina no contaba con un juego de camisetas suplentes en la utilería.
Ante la urgencia y para evitar una sanción regulatoria, las autoridades locales debieron improvisar. Fue así como el club local IFK Borås solidariamente le prestó a la Selección argentina sus camisetas titulares: una indumentaria completamente amarilla con cuello y puños negros. Bajo esa inédita y extraña piel, el conjunto capitaneado por Pedro Dellacha salió a disputar los 90 minutos más singulares de su historia mundialista.
LA REMONTADA EN EL CAMPO DE JUEGO
Pese a la rareza visual, la indumentaria amarilla pareció traerle fortuna inicial al equipo conducido por el histórico Guillermo Stábile. Aunque Austria golpeó primero a los 9 minutos de juego con un gol de Wilhelm Kreuz, Argentina reaccionó con carácter y logró revertir el marcador en una tarde consagratoria para sus delanteros.
El legendario wing de Racing Club, Orestes Omar Corbatta, selló la igualdad de penal a los 37 minutos de la primera etapa. Ya en el complemento, la jerarquía individual destrabó el encuentro. Edgardo “El Flaco” Menéndez estampó el 2-1 a los 56 minutos, y apenas tres minutos más tarde, a los 59, Ludovico Avio decoró el 3-1 definitivo.
Aquella tarde, la Selección alistó a próceres de nuestro fútbol de la talla de Amadeo Carrizo bajo los tres palos, Néstor “Pipo” Rossi, José Varacka y al eterno Ángel Labruna, quien disputó el torneo con 39 años. En el banco austríaco, en tanto, jugaba el defensor Ernst Happel, quien décadas más tarde se transformaría en una leyenda de la dirección técnica en el Viejo Continente.
EL ÚNICO OASIS DE UN TORNEO PARA EL OLVIDO
La victoria por 3-1 ante el combinado austríaco significó el único oasis festivo de la delegación en Suecia. En la última fecha de la fase de grupos, la Selección sufrió la estrepitosa goleada 6-1 a manos de Checoslovaquia, lo que consumó la eliminación inmediata y el doloroso regreso al país, donde el plantel fue recibido con insultos y monedazos en el aeropuerto de Ezeiza.
Aquel traspié modificó para siempre la forma de entrenar y concebir el fútbol en el plano local. Sin embargo, en el medio de la desazón histórica, el miércoles 11 de junio de 1958 quedó grabado a fuego en las enciclopedias del fútbol por la tarde en la que Argentina dejó de lado la celeste y blanca para vestirse de amarillo.
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