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¿Quién compra en River? millones, apuestas fallidas y cuentas que no cierran

Buenos Aires, 28 Julio (NA) — River acaba de convertir a Ángel Correa en la compra más cara de su historia. Pagará 15 millones de dólares fijos a Tigres de México por un delantero de 31 años en varias cuotas, con variables que podrían llevar la operación hasta los 17 millones y un contrato hasta diciembre de 2029.

Correa tiene jerarquía, fue campeón del mundo, produjo 23 goles y 14 asistencias durante su etapa en México y todavía no puede ser juzgado por sus primeros minutos con la camiseta millonaria. Pero su llegada vuelve inevitable una pregunta que sobrevuela Núñez desde hace varios mercados: ¿quién compra en River?

La comparación histórica resulta incómoda. En 2014, el Atlético de Madrid pagó alrededor de ocho millones de euros por Correa, en una operación que San Lorenzo estimó en aproximadamente diez millones de dólares por el 60 por ciento de la ficha.

El club español adquiría entonces a un delantero de 19 años, con toda su carrera y su potencial de reventa por delante. River desembolsa ahora una cifra mayor por el mismo jugador, doce años después y con un margen patrimonial naturalmente mucho más reducido. No son operaciones idénticas por los porcentajes involucrados y el contexto económico, pero el contraste explica bastante: el Atlético compró futuro; River necesita comprar soluciones inmediatas.

EL DEPÓSITO DE CANTILO COSTÓ MÁS DE 40 MILLONES

La escena institucional más difícil de explicar no está solamente dentro del Monumental, sino a un kilómetro del estadio. Allí se entrenan los jugadores que la dirigencia decidió apartar hasta que consigan otro club. Entre ellos aparecen Kevin Castaño, Maximiliano Salas, Fabricio Bustos, Germán Pezzella, Giuliano Galoppo, Matías Galarza Fonda y Matías Viña.

La cuenta conservadora por esos siete futbolistas alcanza los 41 millones de dólares: 13 millones por Castaño, 10 por Salas, cinco por Bustos, 4,5 por Pezzella, cuatro por Galoppo, cuatro por Galarza Fonda y 500 mil por el préstamo de Viña. Existen estimaciones que elevan la inversión por Castaño hasta los 16 millones, por lo que el costo real del grupo podría acercarse a los 44 millones, sin incluir salarios, primas ni gastos contractuales.

No se trata de futbolistas que llegaron una década atrás ni de contratos heredados de administraciones remotas. La mayoría fue incorporada entre agosto de 2024 y comienzos de 2026. Algunos fueron pedidos por Marcelo Gallardo, otros aceptados por la estructura dirigencial anterior y finalmente todos terminaron descartados durante el mandato de Stefano Di Carlo.

Cantilo se transformó así en una suerte de showroom de errores de planificación: jugadores caros, varios de ellos mundialistas, adquiridos como soluciones y enviados poco tiempo después a entrenarse lejos del grupo profesional.

LOS MILLONES QUE YA SALIERON POR LA PUERTA

A los apartados actuales se les debe agregar otro grupo de incorporaciones que tuvo un paso breve, discreto o directamente fallido.

River pagó alrededor de diez millones de dólares por Rodrigo Villagra, quien nunca logró consolidarse y fue transferido al CSKA de Moscú por cinco millones a cambio del 50 por ciento de su ficha. La operación permitió recuperar parte de la inversión, pero no modificó el balance deportivo de un futbolista comprado como el futuro dueño del mediocampo.

Adam Bareiro costó cerca de 4,5 millones y se marchó después de disputar 16 partidos sin convertir goles. Entre el préstamo a Qatar, su posterior venta a Fortaleza y el dinero recibido cuando pasó a Boca, River recuperó aproximadamente cuatro millones. La contabilidad consiguió disimular el error; la cancha, bastante menos.

Nicolás Fonseca demandó una inversión de 2,257 millones por el 60 por ciento de su pase y fue vendido a León de México apenas un año después por una cifra cercana a 2,2 millones. Agustín Sant’Anna costó tres millones, jugó solamente 13 encuentros y fue transferido a Bragantino por 1,8 millones por el 70 por ciento.

Maximiliano Meza llegó por aproximadamente dos millones, convivió con distintas lesiones, fue apartado y terminó rescindiendo para regresar libre a Independiente. Franco Carboni no alcanzó a debutar pese a que River había abonado 500 mil euros por su préstamo. Gonzalo Tapia costó cerca de 1,1 millones por el 80 por ciento, disputó siete partidos sin goles ni asistencias y salió cedido a San Pablo.

Juan Fernando Quintero merece un análisis separado por su dimensión histórica, pero su tercera llegada también representa una operación difícil de justificar: River desembolsó 2,2 millones de dólares para liberarlo de América de Cali y, apenas un año después, rescindió un vínculo que se extendía hasta 2027. El afecto por el héroe de Madrid permaneció intacto; el proyecto deportivo, no.

Sumados estos casos a los jugadores actualmente marginados, River invirtió desde 2024 entre 66,5 y 69,5 millones de dólares brutos en incorporaciones que no ofrecieron el rendimiento esperado o que ya dejaron de formar parte del proyecto. No todo ese dinero se perdió porque existieron ventas, préstamos y porcentajes conservados. Pero una recuperación contable parcial no convierte automáticamente una mala compra en una buena decisión deportiva.

UN ORGANIGRAMA CON MUCHOS RESPONSABLES Y NINGÚN DUEÑO DEL ERROR

River cuenta hoy con un presidente, un secretario técnico, un director deportivo europeo, un entrenador y departamentos de scouting y rendimiento. Stefano Di Carlo conduce la institución; Enzo Francescoli continúa dentro de la estructura futbolística; Pablo Longoria fue contratado para profesionalizar el área; y Eduardo Coudet tiene la incumbencia lógica sobre la conformación del plantel.

El problema es que el organigrama resulta mucho más sencillo de explicar cuando se presenta un campeón del mundo que cuando hay que determinar quién recomendó, evaluó y autorizó a los futbolistas que ahora se entrenan en Cantilo. La responsabilidad aparece tan repartida que termina diluida: todos participan de las compras, pero los errores parecen no pertenecerle completamente a nadie.

Di Carlo había prometido un mercado “agresivo” y cumplió. River ya comprometió más de 25 millones de dólares durante esta ventana entre Correa, Mauro Arambarri, Giovanni González, Rafael Santos Borré y el préstamo de Lucas Beltrán, cuya obligación de compra podría elevar todavía más el gasto. El inconveniente es que la agresividad económica no vino acompañada, al menos hasta ahora, por una transformación futbolística.

El equipo comenzó el semestre eliminado por Aldosivi, que lo venció 3-1 en los dieciseisavos de final de la Copa Argentina, y luego perdió 1-0 como local ante Barracas Central en el debut del Torneo Clausura. Dos partidos, dos derrotas y la sensación de que el club volvió a intentar solucionar desde la billetera problemas que nacen bastante antes de llegar a la ventanilla de pagos.

Correa puede rendir, marcar diferencias y terminar justificando cada dólar. Tiene antecedentes y calidad suficientes para hacerlo. Pero River ya no puede evaluar sus mercados únicamente por la categoría individual de los nombres que presenta.

El verdadero balance no está en cuántos campeones del mundo llegan, sino en cuántos jugadores caros dejan de servir seis meses después. Mientras esa respuesta no aparezca, River podrá continuar comprando futbolistas. Lo que seguirá sin quedar demasiado claro es quién los compra, con qué criterio y quién se hace responsable cuando vuelven a salir.

Agencia NA