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Valdemar Costa Neto, el hombre más poderoso de Brasil

Buenos Aires, 11 octubre (NA) — El domingo 4 de octubre, cuando las urnas terminaron de hablar, las cámaras fueron a buscar a Flávio Bolsonaro y a Lula. Nadie fue a buscar al hombre que había diseñado el resultado. Valdemar Costa Neto no dio una conferencia de prensa, no subió a ningún palco y no apareció en una sola foto de campaña. Es su método desde hace cuatro décadas. También es, desde ese domingo, el político más poderoso de Brasil.

Costa Neto es un producto puro del Centrão, ese conglomerado de siglas que durante treinta años vendió gobernabilidad al mejor postor sin preguntar su ideología. Condenado en el “mensalão”, sobrevivió a su propia caída y volvió a conducir el Partido Liberal, una sigla mediana de las que se negociaban por ministerios. En noviembre de 2021 tomó la decisión que explica todo lo demás, cuando le abrió las puertas del PL a Jair Bolsonaro, un presidente sin partido al que nadie quería afiliar. Cinco años después, el operador más representativo del viejo sistema acaba de destruirlo desde adentro, y lo hizo ganándole en su propio juego.

Para entender la dimensión de lo que armó hay que leer las cuatro apuestas que hizo, todas contraintuitivas en su momento.

La primera fue entender antes que nadie que esta elección no era una competencia programática sino un plebiscito sobre la figura de Lula. Mientras el PT construía una campaña de memoria afectiva, comparando gestiones y recordando el Bolsa Família, Costa Neto leyó que el electorado no estaba evaluando dos proyectos, sino decidiendo si quería cuatro años más del mismo presidente. Todo se ordenó alrededor de esa lectura. El resultado le dio la razón con una brutalidad estadística: Lula empeoró su desempeño en veinticinco de las veintisiete unidades de la Federación y perdió Minas Gerais y Tocantins, dos estados que había ganado en 2022.

La segunda fue imponer un componente ideológico explícito en la construcción de las candidaturas. Es exactamente lo contrario de lo que enseña el manual del Centrão, donde la lista se arma con caciques locales, capacidad de financiamiento y votos propios, sin preguntar qué piensan. Costa Neto armó listas doctrinarias. Sacrificó previsibilidad a cambio de cohesión, y compró algo que el Centrão nunca tuvo, que es una bancada que vota junta sin que haya que comprarla voto por voto.

La tercera fue aceptar un diagnóstico que el establishment político brasileño se negaba a pronunciar en voz alta, y es que la única fuerza en ascenso en Brasil es el bolsonarismo. No el bolsonarismo como nostalgia de un gobierno, sino como identidad política activa, con militancia digital propia y capacidad de movilizar a un electorado joven que la izquierda daba por suyo. La prueba más nítida fue Nikolas Ferreira, que terminó siendo el diputado más votado del país con más de tres millones de votos en Minas Gerais, impulsado en buena medida por los ataques que recibió desde el oficialismo.

La cuarta apuesta fue la más arriesgada y la que define al personaje. Costa Neto decidió prescindir de las coligaciones con el Centrão tradicional. Renunció a la red de siglas que él mismo había construido y operado durante tres décadas, y aceptó entrar a la elección presidencial sin el colchón de aliados que en Brasil siempre se consideró indispensable. La lógica era fría. Las coligaciones se pagan con cargos, con espacios en las listas y con compromisos programáticos que diluyen el mensaje. Sin ellas, cada voto de la lista queda dentro del partido. Prefirió una base legislativa propia y enorme antes que una coalición presidencial amplia y cara.

La ingeniería con la que ejecutó esa apuesta fue quirúrgica. Candidaturas tractoras de alta votación individual para levantar el cociente electoral, y “dobradinhas” coordinadas en los estados de mayor peso, donde en lugar de competir entre sí los candidatos del bloque se repartieron el territorio. El PL se llevó las dos bancas del Senado en Santa Catarina, en Río de Janeiro y en el Distrito Federal, y las compartió con el Novo en Paraná y Rio Grande do Sul. A eso sumó el despliegue de la familia Bolsonaro como motor de arrastre en cuatro circunscripciones distintas. Es el mismo instrumental del Centrão, aplicado al servicio de un proyecto ideológico en lugar de un reparto.

Los números dicen que funcionó. El PL tendrá 121 diputados federales, la primera vez desde 1998 que una sigla supera las cien bancas. Tendrá 28 senadores, un tercio exacto de la Cámara Alta y la bancada unipartidaria más grande desde 1999. Pasó de 126 a 212 diputados estaduales. Y el bloque de derecha que encabeza llega a 49 senadores, que son exactamente los tres quintos que exige una enmienda constitucional.

Ahí está el verdadero premio, y conviene detenerse. Una bancada de 28 senadores sobre 81 no alcanza para gobernar, pero alcanza para decidir quién gobierna el Senado. La presidencia de la Casa, la Comisión de Constitución y Justicia, el orden del día. Costa Neto llega a febrero de 2027 con la mayor bancada de Brasilia y con la capacidad de poner precio a cada una de esas posiciones. Quien quiera presidir el Senado va a tener que negociar con él, y lo que está sobre la mesa no es menor, porque incluye las más de cien solicitudes de impeachment contra ministros de la Corte que duermen archivadas, la amnistía a los condenados del 8 de enero y la confirmación de los ministros que ocupen las próximas vacantes de la Corte.

Esa es la razón por la que su poder no depende del balotaje. Si Flávio Bolsonaro gana el 25 de octubre, Costa Neto será el presidente del partido del presidente, con la bancada propia más grande del Congreso y el control de la agenda legislativa. Si Lula se impone, será el jefe de una oposición con capacidad de bloqueo constitucional absoluta y con un Senado listo para fiscalizar cada movimiento del Ejecutivo. Diseñó una posición que gana en los dos escenarios, y ese es el tipo de cálculo que distingue a un operador de un estratega.

Nada de esto se agota en Brasilia. En un país donde el Congreso pasó a manejar más caja discrecional que el Ejecutivo, el presidente del partido con la mayor bancada se vuelve interlocutor obligado para cualquiera que necesite algo de Brasil, desde un gobierno vecino que quiera discutir el Mercosur hasta un fondo que evalúe exposición a la región. Costa Neto no gobierna ni va a gobernar, pero desde febrero se sienta en la mesa donde se decide casi todo.

Queda una última ironía, que es la más brasileña de todas. El hombre que construyó la hegemonía más ideológica desde la redemocratización no es un ideólogo. Es un negociador de oficio que entendió, antes que los ideólogos, que la ideología se había convertido en el activo electoral más rentable del mercado. Flávio Bolsonaro puede subir la rampa del Planalto el 1 de enero. El poder real, el que se cuenta en bancas y se ejerce en las mesas directivas partidarias, que manejan miles de millones de dólares en fondos partidarios y enmiendas parlamentarias, ya tiene dueño desde el domingo pasado.

(*) Director de la consultora ABECEB. Miembro del Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales (CARI) y fue consultor sobre Política de Inserción Internacional en la Fundación PENSAR. Se desempeñó como asesor para Asuntos Binacionales (Argentina-Brasil-Mercosur) en la Cámara de Diputados de la Nación. Para la Agencia NA