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Argentina – Estados Unidos: una relación bicentenaria en el contexto de una Nueva Era

Buenos Aires, 1° de noviembre (NA) — A partir de fines del siglo XIX, nuestro país aspiraba a ser una potencia con identidad y liderazgo internacional, particularmente en Sudamérica, lo que provocó algunas diferencias con Estados Unidos. Habíamos iniciado nuestras relaciones diplomáticas en 1823.

Hubo otros momentos posteriores de tensión con diversas intensidades. El más grave fue el apoyo de Estados Unidos al Reino Unido en la Guerra de Malvinas, tras el fracaso de las negociaciones que impulsaron el Gobierno del Perú y el Secretario General de las Naciones Unidas para iniciar negociaciones entre ambos países que evitaran el conflicto militar y que fueron acompañadas por el Secretario del Departamento de Estado de los Estados Unidos, el General Alexander Haig.

A pesar de diversas circunstancias, nunca en estos 204 años se interrumpieron las relaciones diplomáticas entre ambas. Es un activo importante.

Durante un largo período del siglo XIX, nuestro continente estuvo influido por los conflictos con y entre las potencias coloniales europeas. A partir de fines de ese siglo y hasta la Segunda Guerra Mundial, nuestro continente estuvo influido por una competencia entre la potencia británica y la potencia emergente, los Estados Unidos. En el caso de nuestro país, con un mayor protagonismo del Reino Unido.

Tras la Segunda Guerra Mundial se inicia la permanencia de Estados Unidos, tanto a nivel global como en Argentina. En esta bicentenaria relación hubo tres momentos de mayor acercamiento. Con el Proceso Militar de 1976 durante la Guerra Fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética; con la administración del presidente Carlos Menem en el marco de la hegemonía global de los Estados Unidos fortalecida tras la caída del Muro de Berlín en 1988; la actual con el presidente Javier Milei en el contexto de un bipolarismo conflictivo no hegemónico con China.

En el caso del gobierno justicialista de los ’90, fue una relación política, institucional y económica, tanto con la administración republicana del presidente George Bush como con la demócrata del presidente Bill Clinton y sin abandonar la continuidad de las políticas de paz, cooperación e integración con Brasil y Chile, continuando las positivas acciones del presidente Raúl Alfonsín al regreso de la democracia en 1983.

Esta política de Estado con nuestros vecinos es la piedra angular de un Cono Sur como zona de paz y democracia plena. La política del presidente Milei es de un alineamiento automático y personal con el presidente Donald Trump, acompañada de una pérdida de prioridad en la relación con nuestros vecinos y caracterizada por las simpatías o antipatías con los circunstanciales presidentes elegidos democráticamente.

Hay un bajo interés por continuar y profundizar las relaciones con nuestros vecinos. Nunca, desde el retorno a la democracia en 1983, la política exterior argentina estuvo tan automáticamente subordinada a la de otro gobierno.

El gobierno libertario coincide con la “Teoría del Realismo Periférico” que desarrolló el académico y asesor de la Cancillería argentina del gobierno de Menem, Carlos Escudé, pero cuatro décadas después. La Argentina de 2026 tiene similares problemas y debilidades a los que planteaba Escudé y es obvio que no somos el centro del mundo. Sin embargo, en nuestra región y en muchos temas globalmente importantes no somos irrelevantes.

Desde esa perspectiva y con la importancia que tiene construir una convergencia en la diversidad con los vecinos del Cono Sur (un gran espacio bioceánico con proyección a los mares del Sur Antártico) es que hay que analizar los desafíos y oportunidades que nos plantea el bipolarismo conflictivo no hegemónico entre Estados Unidos y China.

Tras cinco décadas de intensas relaciones entre ambos países, a partir del encuentro en 1972 entre Richard Nixon y Mao Tse Tung se produce un cambio fundamental. Desde la administración del presidente Barack Obama hasta el presente, con diferentes estilos y políticas, se convirtió en una política de Estado la definición de China como el gran desafiante y competidor global de los Estados Unidos.

Sin embargo, al presente continúa siendo para estos la tercera relación comercial después de México y Canadá. En 2025 fue de US$485.000 millones, tras reducirse un 25% ese año. No es sencillo desarticular rápidamente la interdependencia acumulada durante ese largo período.

Este contexto global no solo se caracteriza por esta relación importante y conflictiva entre las dos superpotencias, sino también porque la mayoría de los países tratan de mantener -con distintas intensidades, prioridades y proximidades- las mejores relaciones con ambas y sin dejar de tejer relaciones entre ellos y defender, fortalecer y renovar el debilitado multilateralismo. Este se encuentra también desafiado por la creciente autonomía relativa de los poderes fácticos legales e ilegales (desde la IA y las finanzas hasta el crimen organizado, el terrorismo y el narcotráfico), en relación con los Estados y los organismos multilaterales.

La Argentina tiene, además de fortalezas actuales y capacidades potenciales, muy diversificadas sus relaciones económicas internacionales. Estas pueden convertirse -mejorando la macroeconomía, construyendo consensos y recuperando el crecimiento económico-, en crecientes alternativas de inversión y fortalecimiento de las cadenas productivas. Estados Unidos, España y Holanda lideran las inversiones y también son significativas las de Francia, Alemania, Brasil, China, Canadá e Italia. Brasil representa el 15% de nuestras exportaciones y un importante déficit, la suma de India y ASEAN supera el 10% con un importante superávit, las exportaciones a China —con el mayor déficit comercial— son similares a las de la Unión Europea y Estados Unidos del orden del 10%; también es importante con el resto de América, Norte de África y Medio Oriente.

Como afirma el analista argentino en Comercio Internacional y Desarrollo, Patricio Carmody, “una diversificación dinámica del comercio y nuestras relaciones internacionales nos otorgaría mayores grados de autonomía”.

La política exterior de Argentina debe tener claro que Estados Unidos siguen siendo la principal potencia militar global y la nación económica y políticamente más poderosa de Occidente y de nuestra región. También que en los últimos años han debilitado muchas de sus alianzas y relaciones con sus vecinos de Canadá y México, con Brasil, Europa, el Golfo Pérsico y el Indo-Pacífico. En paralelo, han definido una prioridad defensiva, la “Nueva América”: desde Groenlandia hasta la Tierra del Fuego, desde el Ártico al Antártico.

El Escudo de las Américas es parte de esa estrategia de la que participa Argentina y otros países, pero con las importantes ausencias de las tres naciones de mayor peso: Canadá, México y Brasil, cuyo presidente acaba de ser reelecto.

Debemos desarrollar una política exterior integral, con “Multipolarismo Vinculante” (Roberto Russell/Juan Gabriel Tokatlian), proporcionada y constructiva con los Estados Unidos, con quienes tenemos más de dos siglos de relaciones diplomáticas ininterrumpidas. Una relación que contribuya a la paz y al desarrollo de Argentina y sus vecinos del “Fin del Mundo”, como metafóricamente se refirió al asumir el papa Francisco.

Agencia NA