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La “armadura” de 20 dólares: la increíble odisea de las camisetas azules en México 86

Buenos Aires, 12 mayo (NA) — Hablar del Mundial de México 1986 es entrar en el terreno de la mitología. Sin embargo, detrás de la épica del Estadio Azteca existe una historia de improvisación, urgencia y picardía criolla que ocurrió apenas 48 horas antes de que Argentina e Inglaterra se enfrentaran por los cuartos de final.

Se trata de la historia de las camisetas azules con números plateados, una prenda que nació en una tienda de deportes de barrio y terminó convirtiéndose en la reliquia más cara de la historia del deporte.

Fiel a su obsesión por el detalle, Carlos Bilardo solicitó una innovación técnica antes de partir hacia México: una indumentaria más liviana que evitara que el sudor pesara en el cuerpo de los jugadores. El objetivo era mitigar el impacto de la altura y el calor extremo. Si bien la marca accedió e implementó la tecnología Air-Tech —caracterizada por microperforaciones en la tela—, surgió un inconveniente logístico: la mejora solo se aplicó a la camiseta titular albiceleste.

Tras superar la fase de grupos con la clásica albiceleste ante Corea del Sur, Italia y Bulgaria, el verdadero dilema textil surgió en los octavos de final. Argentina se impuso a Uruguay por 1-0 con un grito de Pedro Pablo Pasculli —quien hoy reside en Italia— a los 42 minutos del primer tiempo. Aquella tarde, bajo un diluvio torrencial, la Selección vistió su indumentaria suplente de Le Coq Sportif. Si bien el piqué de algodón de las camisetas era elegante, tuvo un inconveniente: al empaparse, las prendas duplicaron su peso.

Para el duelo contra Inglaterra, la FIFA determinó que Argentina debía volver a usar el azul. Carlos Salvador Bilardo, el técnico obsesivo que no dejaba ningún detalle al azar, se plantó ante la utilería: “No podemos jugar con esas remeras. Pesan demasiado y el calor de México, a las 12 del mediodía, las hace insoportables. Necesito algo calado (con agujeros para respirar)”.

En sus memorias sobre el campeonato, Maradona relata con precisión el momento en que se decidió la indumentaria para la gran batalla. Según Diego, el ambiente en la concentración del Club América era de tensión debido a la negativa de Bilardo de usar las camisetas de algodón “pesado” que habían sufrido contra Uruguay. “Bilardo quería camisetas con agujeritos, para que pasara el aire. Pero Le Coq le decía que no había tiempo de mandarlas desde Francia”, relata Diego en su libro “México 86: Mi mundial, mi verdad”.

Bilardo le ordenó al administrativo de la AFA, Rubén Moschella, que saliera a buscar camisetas nuevas. “Fui a una tienda, vi una azul, pero no era de la marca. Fui a otra y nada”, recordó en declaraciones televisivas. Moschella recorrió el Distrito Federal hasta que llegó a Deportes Casín, un local de artículos deportivos. Allí encontró las camisetas Le Coq Sportif, pero eran “viejas”, saldos de stock que tenían un azul más brillante y la tela calada que buscaba el técnico.

Compró las últimas 38 camisetas disponibles. El precio fue de unos 20 dólares cada una. Según declaró a La Nación, tuvo que llevarlas de inmediato al predio donde estaban concentrados para que Bilardo diera el visto bueno definitivo antes de empezar el proceso de “oficialización”.

Bilardo, escéptico, las examinaba sin decidirse. En ese momento, Diego Armando Maradona entró a la habitación, señaló una de las muestras —un azul más eléctrico y con cuello en V— y sentenció: “Qué linda esta remera. Con esta le ganamos a los ingleses”. No hubo más discusión.

Costureras, números de fútbol americano y escudos “alternativos”
La transformación de remeras de outlet en la “armadura nacional” se dio en la madrugada previa al partido. Gracias a la gestión de los empleados del Club América, se convocó a personal de la institución para realizar el trabajo manual.

Los nombres que han quedado registrados en la historia de aquel mundial son los de Lourdes y Maritza, dos empleadas del sector de lavandería y maestranza del América.

Pasaron toda la noche bajo la supervisión de los utileros de la Selección, entre ellos “Tito” Benros. Debieron coser los escudos de la AFA —que eran antiguos y sin los laureles bordados— y planchar los famosos números plateados de fútbol americano. Al no tener una guía láser ni moldes, la colocación fue “a ojo”, lo que explica por qué en algunas camisetas el 10 de Maradona se ve levemente descentrado respecto a las líneas de la tela.

Con las camisetas en la mano, faltaba convertirlas en indumentaria oficial. Restaban menos de 24 horas para el partido y las prendas no tenían ni el escudo de la AFA ni los números.

Se utilizaron parches de la AFA que se tenían en reserva, pero eran distintos a los de la camiseta titular: no tenían los bordados dorados de los laureles, eran una versión simplificada.

Moschella no consiguió números blancos de tela. Lo único que encontró en cantidad suficiente fueron unos números de color gris satinado, fabricados originalmente para uniformes de fútbol americano. Eran brillantes y de un material sintético que se fijaba con calor.

Lourdes y Maritza pasaron la madrugada previa al partido cosiendo los escudos a mano y planchando los números plateados a ojo. Por la prisa, algunos números quedaron levemente torcidos, una imperfección que décadas después serviría para autenticar la prenda.

Con esas camisetas de 20 dólares, compradas de apuro , Maradona marcó los dos goles más famosos de la historia: la “Mano de Dios” y el “Gol del Siglo”. Al finalizar el encuentro, el defensor inglés Steve Hodge intercambió su camiseta con Diego en el túnel, llevándose sin saberlo el tesoro más preciado del fútbol moderno.

Durante 36 años, el ex mediocampista inglés fue el custodio de la “armadura” de Diego, soportando incluso críticas de sus compatriotas por haber intercambiado la prenda con quien los había eliminado con un gol con la mano.

Hodge siempre relató que el intercambio no fue planeado. Tras el partido, mientras caminaba por el túnel del Estadio Azteca, se cruzó con Diego. “Me crucé con él en el túnel. Lo miré a los ojos, le tiré de mi camiseta como señal de intercambio y él asintió. No nos dijimos ni una palabra”.

En el vestuario inglés, el clima era de una furia total. Muchos de sus compañeros le recriminaron el gesto: “¿Cómo le vas a pedir la camiseta a este tramposo?”. Hodge, sin embargo, mantuvo su posición: para él, estaba ante el mejor jugador del mundo, más allá de la polémica.

Durante años, Hodge recibió ofertas privadas de coleccionistas de todo el mundo. Su respuesta siempre fue un “no” rotundo. “La camiseta tiene un valor sentimental increíble. He visto a gente intentar vender recuerdos de Maradona y me parece triste. Yo no la vendo por nada”, declaró en varias entrevistas antes de 2022.

Así fue que durante casi 20 años, la prestó al Museo Nacional del Fútbol en Manchester para que el público pudiera verla. “Me gustaba que estuviera ahí, era el lugar correcto para que la gente apreciara un pedazo de historia”.

Pero, ¿porque decidió subastarla ?La decisión de llevarla a Sotheby’s en mayo de 2022 sorprendió a muchos, pero Hodge dio razones claras que mezclan lo generoso con lo práctico.

Tras la muerte de Diego en noviembre de 2020, el valor de sus objetos se disparó. Hodge sintió que, después de 36 años siendo el dueño, era el momento de que la prenda pasara a otras manos o a una institución que pudiera preservarla con tecnología de punta.

Hodge explicó que ser el dueño de un objeto de casi 10 millones de dólares generaba una presión y una responsabilidad de seguridad que ya no quería cargar.

Aunque nunca lo dijo abiertamente como la única razón, Hodge (quien tuvo una carrera digna pero no al nivel de las súper estrellas actuales) entendió que el dinero de la subasta aseguraba el futuro económico de toda su familia por generaciones. “Ha sido un honor absoluto haber tenido esta camiseta durante más de 35 años. Es un objeto que conecta a dos naciones y a la leyenda de Maradona. Siento que es el momento adecuado para que el mundo la vea de otra manera”, dijo antes de la subasta.

Cuando la familia de Diego aseguró que Hodge tenía la del primer tiempo (y no la de los goles), el inglés se mantuvo firme. Sotheby’s respaldó su versión con el estudio de photomatching . Hodge simplemente declaró que él sabía perfectamente lo que tenía y que la evidencia fotográfica hablaba por sí sola.

La elección de Sotheby’s para llevar adelante la subasta no fue casual. Steve Hodge buscaba la casa de subastas con mayor prestigio global para validar un objeto que, debido a su historia, iba a estar bajo la lupa del mundo entero.

Sotheby’s no solo actuó como vendedor, sino como un tribunal de legitimidad. Ante la polémica lanzada por la familia de Maradona (quienes afirmaban que Hodge tenía la del primer tiempo), la casa de subastas invirtió en un proceso de Photomatching: contrataron a expertos externos (como la firma Resolution Photomatching) para comparar cada píxel de las fotos del partido con la prenda física.

Lograron demostrar que las irregularidades en el bordado del escudo (hecho a mano esa noche) y la alineación de los números plateados coincidían exactamente con los momentos del segundo tiempo y el festejo del “Gol del Siglo”. Este respaldo técnico fue lo que permitió que los compradores confiaran en invertir millones.

Al final, la jugada le salió perfecta: la camiseta se vendió por 9.28 millones de dólares, transformando aquel intercambio silencioso en el túnel del Azteca en el “negocio” más grande de la historia del fútbol.

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