Buenos Aires, 11 octubre (NA) — En torno a las 21 horas del pasado domingo 4 de octubre, con cerca del 98 % de las secciones totalizadas, el Tribunal Superior Eleitoral (TSE) dejaba fuera de duda que la Presidencia de Brasil se decidiría en segunda vuelta. Flávio Bolsonaro (Partido Liberal, PL) encabezaba el escrutinio y Luiz Inácio Lula da Silva (Partido de los Trabajadores, PT) quedaba segundo: ninguno había alcanzado la mitad de los votos válidos.
La totalización la cerró el propio tribunal a las 2:58 del lunes 5, según la Agência Estado: 56.104.503 sufragios (47,03 %) frente a 53.879.538 (45,16 %), una diferencia de 2.224.965 votos, 1,87 puntos. La abstención fue del 21,08 %. El desempate es el 25 de octubre. Cuarenta y seis años antes, el 18 de febrero de 1980, se estrenaba en Río de Janeiro y São Paulo «Bye Bye Brasil», de Carlos Diegues, rodada en 1979 y dedicada, en la última imagen, «Ao povo brasileiro do século XXI». Una caravana de artistas ambulantes —un espectáculo mambembe, pobre, itinerante y chapucero— recorre a finales de los ‘70 el interior del país, del sertón a la Transamazónica y a Brasilia. En los pueblos por donde pasa, la televisión acaba de llegar y la miseria convive con el nombre de progreso. El número se apaga. Un país se disuelve en otro. El siglo al que el filme se dirigía ya está en curso.
Las elecciones no se agotan en la pregunta instintiva —si Lula conservará el gobierno, si Bolsonaro construirá un liderazgo que exceda la herencia paterna—. A la vieja «burguesía nacional», la fracción industrial interesada en el mercado interno, la sustitución de importaciones y una autonomía relativa frente al capital extranjero, se superpone otra geografía económica: el menor peso de la manufactura tradicional, como ha señalado Dolores Gandulfo, coincide con el protagonismo de Estados que crecieron con la agroindustria (Mato Grosso, Mato Grosso do Sul, Goiás), la minería (Minas Gerais, Pará) y la energía (Río de Janeiro, que conserva su peso offshore).
A eso se añade la internacionalización de la contienda —aval extranjero, dinero de fuera, encuadre geopolítico, prensa y redes—, cuyos efectos no son simétricos: no fabrica el voto, ordena lealtades que ya existían y vuelve más caro cambiar de bando. Todo ello obliga a leer, al menos por ahora, los rasgos de una etapa democrática distinta. Esa internacionalización dejó episodios que dieron que hablar.
El viernes 2 de octubre, Estados Unidos suspendió los servicios consulares en la embajada y en los consulados de Brasilia, São Paulo, Río de Janeiro, Porto Alegre y Recife, por motivos de seguridad no precisados; Australia cerró ese día su embajada en Brasilia, citando la alerta estadounidense. El domingo 4, el director general de la Policía Federal, Andrei Rodrigues, dijo que la corporación había abierto un procedimiento previo —a pedido de la Advocacia-Geral da União— sobre un supuesto financiamiento estadounidense de una agenda de extrema derecha con el fin de interferir en la elección, a partir de una nota de The Guardian. Añadió que los allanamientos del viernes no habían hallado un riesgo concreto contra las embajadas. En «Bye Bye Brasil», estrenada en 1980, la televisión, que vacía las carpas de los feriantes, llega también como signo de ese mundo de afuera.
A ese escenario se suman otras coreografías. Al sincretismo religioso histórico brasileño se agregaron las iglesias evangélicas, sobre todo pentecostales y neopentecostales, y pesaron en la elección. En los Estados donde los evangélicos son muchos respecto de los católicos —no por el número absoluto de fieles, sino por la proporción entre ambos grupos—, como Roraima, Acre y Río de Janeiro, Bolsonaro obtuvo márgenes amplios; el Nordeste, más católico y con una lealtad histórica al PT, sostuvo a Lula. Esa correlación no basta para explicar el voto: ingreso, raza y rechazo al oficialismo también cuentan. El peso evangélico no se reduce a que Flávio lo sea. Influye, entre otras razones, la Teología de la Prosperidad, propia sobre todo del neopentecostalismo, según la cual la riqueza y el éxito material son señal de bendición divina. El crecimiento del grupo, de cerca del 5 % hace medio siglo a casi el 27 % en el censo de 2022, cambió el electorado. Religión y redes operan, aunque de distinto modo, sobre una misma materia: una sociedad atravesada por expectativas de ascenso, frustración económica e identidades políticas cada vez más rígidas.
En un contexto de insatisfacción extendida (deudas) se agrava el voto castigo a los oficialismos, y el fenómeno no se limita a Brasil. La polarización, amplificada por la economía de la atención, hace que los algoritmos comparen, jerarquicen y aceleren mecanismos políticos y emocionales: apelan con intensidad al miedo, la ira, el resentimiento o el orgullo para retener la atención, el tiempo de permanencia, los clics, los comentarios y los compartidos.
«Bye Bye Brasil», el título de Cacá Diegues, puede leerse hoy como una pregunta que un hemisferio de brasileños le hace al otro: ¿vuelven los días de la picanha o, según el lema de Bolsonaro, el país corre el riesgo de convertirse en Venezuela? También como la pregunta que la Argentina se hace sobre su antiguo socio. No es una cuestión menor: el PBI nominal de Brasil es unas 3,8 veces el argentino, según el FMI para 2026, y sus exportaciones de bienes, unas cuatro veces mayores, según el cierre de 2025. Flávio Bolsonaro repitió que sus alianzas serán Estados Unidos, Israel y la Argentina; en el programa registrado ante el TSE, China queda en el capítulo del pragmatismo comercial —vender sin alinearse— y los BRICS, en el de una revisión que no equivale a una salida formal. Milei viajó en julio para ungirlo y se analiza otro viaje antes del ballotage. Bolsonaro ya ganó la primera vuelta; falta la segunda. Para la Argentina, el resultado puede redefinir la relación con su principal socio regional. Para Washington, puede consolidar un eje político que ya empieza a dibujarse. Chance simple, rojo o negro. En esta mesa no hay cero. Si alguien arranca con ventaja para cobrar, es Estados Unidos.
(*) Ex canciller de la República Argentina para la Agencia NA






